playa a principios de siglo

La playa de la Malvarrosa en los años 20

Casa Carmela comenzó siendo una barraca que servía de cambiador a los bañistas ocasionales de la playa de la Malvarrosa, allá por los años 20. Mi bisabuelo José Belenguer recorría todos los días de verano la huerta de Vera, donde vivía la familia, para llegar a la playa y dar servicio a los turistas madrileños que se acercaban al Mediterráneo.

En 1922 registró la empresa y le puso el nombre de su esposa, mi bisabuela, Carmen.
Con el tiempo, además de cobijo a los bañistas, en Casa Carmela también se daban comidas y acogían huéspedes. El Tío Toni y Lola la Rialla, mis abuelos, criaban sus propios animales de granja, en el corral posterior, y se traían las verduras y las frutas de la huerta familiar, la de Vera. Con todo ello, y con los pescados que traían las barcas, mi abuela hacía los guisos del día para los paseantes ocasionales, y sobre todo, para su asidua clientela.

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Vicente Blasco Ibañez

Entre los clientes fijos estaba el propietario de la imponente villa contigua a Casa Carmela, el escritor y político valenciano Vicente Blasco Ibáñez. Mi abuelo me ha relatado muchas veces la inquietud que se despertaba en la villa Blasco cuando el escritor volvía de sus viajes. Y él lo sabía porque ayudaba a su padre a llevar las viandas cocinadas por mi bisabuela para el festín familiar. El menor de los hijos, Sigfrido Blasco-Ibáñez Blasco, jugaba como compañero de mi abuelo en el chamelo, en las interminables partidas que se montaban al caer la tarde.

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Tranvía a la Malvarrosa de Manuel Vicent

Manuel Vicent en su “Tranvía a la Malvarrosa” refleja así el ambiente vespertino que se respiraba en casa carmela en los años 50 y 60:
“Por la tarde nos fuimos paseando hasta el final de la playa. (…) Pasando la línea de los chalets al final de la playa estaba Casa Carmela junto a una villa pompeyana que era del escritor Blasco Ibáñez. Bajo el cañizo de Casa Carmela sirviéndose de una silla de enea como caballete Julieta comenzó a pintar y juntos tomamos unos caracoles de mar y mejillones.”

Durante décadas, cuando llegaba la primavera y el buen tiempo y, sobre todo, a partir de la Semana Santa, los clientes se incrementaban exponencialmente y el local bullía por las noches hasta altas horas con la Fira de Juliol. Los mariscos, los arroces marineros, la caragolà o guiso aromatizado de caracoles y los calamares corrían en las bandejas por la gran terraza. Las nécoras, las bocas, las canaillas y quisquillas compartían mantel con la paella de pollo y conejo, la ensalada de pimiento, mojama y bacalao y con el vino.

Carmela antigua

Casa Carmela en los años 60

En los años setenta, justo cuando yo nací, mis padres, Lola y Alfonso, y mis tíos, Carmen y Jesús, tomaron definitivamente las riendas del negocio. En estos años se reformó el establecimiento y se ampliaron las barras, el salón-comedor y también la cocina, donde definitivamente se construyeron los paelleros a leña. Así ganó fama como casa de comidas especializada en arroces, en paellas cocinadas al fuego de la leña, con el “socarrat” ahumado y crujiente y la capa de arroz muy fina. Mi madre y mi tía dirigían los fogones y mi padre y mi tío gestionaban la empresa y atendían al público.

CARMELA

Casa Carmela en los años 70

Esta fue la gran reforma pero no la última, que llegó en 1989, cuando el local incorporó la terraza al salón, las paredes se recubrieron con cerámica de Manises típicamente valenciana y se modernizaron los paelleros y la cocina.

En el año 2011 tomé el relevo y me propuse continuar con la tradición culinaria valenciana, heredada de mi bisabuela. Quiero llevarles a la mesa lo mejor del mar y de la huerta, los arroces y los dulces que yo mismo elaboro, y todo con una atención, confío, familiar.

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Mi hijo y yo

La decisión de tomar el relevo Casa Carmela es una de las mayores responsabilidades que he asumido en mi vida. Y no sólo por lo que supone gestionar un barco de casi 100 años de historia, con una capacidad para doscientos comensales y capacidad para elaborar más de 40 paellas a leña al día, además de dirigir un equipo de 20 personas; sino porque cuatro generaciones de mi propia familia me observan desde el pasado y me alientan hoy en día.
Toni Novo